Fundación Jhonaikel Bolívar

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Desde que Kimberly Iriarte trajo al mundo a Jhonaikel José Bolívar fue una madre abnegada. El abrazo cálido, el beso de buenas noches, la comida caliente, el “te quiero” susurrado con cariño. Su único hijo nació en 1997, en La Guaria —estado Vargas—,  justo frente al Caribe. Allí creció, muy cerca del mar. Por eso a nadie le resultó extraño que un buen día quisiera surfear. Kimberly le compró la tabla, una lycra, bloqueador para que se protegiera del sol abrazador, y lo acompañó a la playa Los Cocos, de buenas olas.  Llevó consigo un bolso con frutas y agua, porque sabía que el entrenamiento dejaría a su muchacho hambriento y sediento. Aquel fue el primero de muchos sábados: siempre iba y se sentaba bajo una mata a verlo levantarse sobre las olas.

Y el niño, tiempo después, se hizo surfista: competía aquí y allá.

Y la madre, claro, orgullosa.

Pero un día algo salió mal. Jhonaikel, un adolescente en aquel entonces de 15 años, sufrió una contracción muscular en medio de un entrenamiento. Estaba lejos de la orilla. Se hundió. Sus pulmones se llenaron de agua: se ahogó.

Kimberly no resistió el dolor. Así que se mantuvo lejos del mar. Pero a veces la tristeza se transforma en algo bueno. Y fue lo que sucedió cuando un año después, la madre de Jhonaikel volvió a la playa por recomendación de su terapeuta, y al ver a muchos niños abandonados y demacrados, se le ocurrió una idea. “Haré una fundación que lleve el nombre de mi hijo para atender a esos pequeños que necesitan amor. Lo haré por él”, se dijo.  

Y así fue.

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La Fundación Jhokaiel Bolívar tiene 5 años. Funciona como una escuela de surf, con actividades en la playa Los Cocos todos los sábados y domingos, desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Los niños no deben cancelar ningún monto. Hay instructores que les enseñan a dominar las olas; pero también a cuidar las playas, a ser responsables, solidarios y buenos compañeros.

Durante las actividades deportivas, les proporcionan el material necesario —la tabla, la lycra, el bloqueador—, les regalan frutas —mangos, naranjas, cambures, patillas— y les dan hidratación. “Esta es una zona muy desfavorecida. Los chamos que atendemos suelen venir de contextos vulnerables y precarios. Algunos tienen con nosotros desde que comenzamos, y nunca les he visto la cara a los representantes. Es como que nos les importaran sus hijos. Así que sabemos que en el fondo lo que ellos necesitan es cariño. Y para eso estamos. Hay gente que me ha preguntado por qué hago esto, que no tiene sentido. Pero para mí sí lo tiene. Hay que tener fe en ellos”, expresa Kimberly.

Actualmente, la fundación atiende a 35 niños y jóvenes, entre 3 y 20 años de edad. De esos, 19 son fundadores del proyecto: desde que llegaron hace 5 años, no se han ido. Elvin Rico, uno de los instructores, dice que el trabajo con ellos ha sido satisfactorio. “En medio de las carencias económicas y de valores, apostamos por enseñarles el amor al prójimo, a hacer las cosas bien. Que el esfuerzo y la constancia hacen que tú surjas. Que sus sueños se pueden hacer realidad. Ha sido una manera de transformar su entorno: que los niños eduquen a sus padres, que sus familias crezcan con ellos”.


Actualmente, la fundación atiende a 35 niños y jóvenes, entre 3 y 20 años de edad. (Creditos: Fundación Jhonaikel Bolívar)

Actualmente, la fundación atiende a 35 niños y jóvenes, entre 3 y 20 años de edad. (Creditos: Fundación Jhonaikel Bolívar)

Aunque la organización ha solicitado apoyo económico ante distintas instancias,  no lo ha obtenido. “Funcionamos gracias a las alianzas con algunas marcas y por donaciones.  Pero seguimos trabajando con las uñas. Muchas veces nos mantenemos, porque algunos representantes se involucran y hacen aportes”, sostiene Kimberly.

La fundadora se ríe cuando cuenta que su casa se convirtió en la sede de la fundación. Cada sábado y domingo, ella con ayuda de sus colaboradores trasladan a pie el material andando por un largo bulevar, bajo el sol picante de la costa. “Es que no tenemos vehículo, y no nos queda otra opción”. En esos recorridos, cuando siente que es una labor demasiado ardua, recuerda que lo hace por su hijo, por su Jhonaikel. Entonces se motiva a continuar.

A fin de cuentas, la fundación ha logrado formar a atletas solventes. Hace un par de años, apoyaron a uno de los niños para que viajara a la Isla de Margarita a competir en un evento nacional. De allá se devolvió como subcampeón. Así que lo esperaron en el aeropuerto. “Lo recibimos con un agasajo, llevamos el pendón de la fundación y lo aplaudimos. En ese momento lloré, pero de alegría. Fue bonito”.


Erick Lezema