Escuela de reconciliación y el perdón

Si Rosa Orozco sintiera rabia, resentimiento o ira, sería lógico. Comprensible. Natural. Un militar le disparó perdigones a quemarropa a su hija —a su única hija—, quien perdió un ojo y 80% de la masa encefálica. Tras días de una lenta agonía, falleció. Se llamaba Geraldine Moreno, entonces tenía 23 años y era una estudiante universitaria que soñaba con un país distinto. Fue por eso que comenzó a salir a protestar en contra del gobierno de Nicolás Maduro. En aquellos días de 2014, multitudes de venezolanos se volcaban a manifestar en las calles de diferentes ciudades. Las manifestaciones eran reprimidas por los cuerpos de seguridad del Estado. A diario, las refriegas dejaban heridos y muertos que iban sumándose a una fatídica lista, cada vez más larga, en la que se escribiría el nombre de Geraldine Moreno.  

Sería lógico, comprensible y natural que Rosa Orozco sintiera rabia, resentimiento o ira. Pero a cuatro años del asesinato de su muchacha —después de que en un largo juicio condenaran a los responsables— ella dice que es capaz de alzar la banderita del perdón. Creó una ONG que, de hecho, se llama: “Justicia, Encuentro y Perdón”. Sosegada, explica que lo ha logrado gracias al apoyo que le dio su familia, fervientemente católica; y porque estuvo en la Escuela del Perdón y la Reconciliación. 

Simpatizantes de la oposición venezolana protestan frente a los policías antidisturbios en Caracas el 15 de abril de 2013. (AFP PHOTO/Geraldo Caso)

Simpatizantes de la oposición venezolana protestan frente a los policías antidisturbios en Caracas el 15 de abril de 2013. (AFP PHOTO/Geraldo Caso)

Se trata de un programa vivencial, interactivo y lúdico, constituido por 12 módulos, cada uno de 4 horas. Seis de ellos corresponden al perdón. Un mes después de haberselos impartido, cuando los participantes han procesado esa primera sesión, se dictan los restantes, sobre la reconciliación. El taller es guiado por un facilitador, quien debió haber vivido el proceso. 

En asuntos espinosos como el perdón y la reconciliación, lo que importa es la emoción, no la razón. La práctica, no la teoría. El sentir. De modo que más que una escuela, es un viaje introspectivo y voluntario. Una suerte de terapia grupal, confidencial e íntima en la que se comparten experiencias. Una metodología para revisar —acaso sanar— heridas e intentar transformar esa materia prima viscosa —en la que flotan el odio, el rencor, la rabia, la ira — en otra cosa.  Sin apuros: cada quien a su ritmo. 

Parece una pretensión osada, pero tiene su sustento. El sacerdote colombiano Leonel Narváez, Misionero de la Consolata, cursaba un doctorado en la escuela de Sociología de la Universidad de Harvard, preocupado porque su país era un territorio azotado por la violencia. Movido por esa inquietud, dedicó su tesis a profundizar en ello: sabía que era necesario atender las consecuencias de los traumas personales y el resquebrajamiento de la confianza que se anclan en las relaciones sociales luego de un conflicto. 

The School of Forgiveness and Reconciliation (Las Espere) is a program consisting of 12 four-hour modules on forgiveness and reconciliation, guided by a facilitator (Créditos fotográficos: Erick Lezema)

The School of Forgiveness and Reconciliation (Las Espere) is a program consisting of 12 four-hour modules on forgiveness and reconciliation, guided by a facilitator (Créditos fotográficos: Erick Lezema)

Eran teorías, disertaciones e ideas que llevaría a la práctica al regresar a Colombia: las aplicó en el trabajo comunitario que desarrolló en el departamento de Caquetá. La experiencia fue positiva. Muy positiva. Entusiasmado, continuó dándole forma a sus planteamientos, asesorándose con expertos de las universidades de Wisconsin, Harvard y Cambridge. Y tiempo después, el 14 de marzo de 2003, en Bogotá, fundó junto a otros religiosos la Escuela de Perdón y Reconciliación (Espere), como partede la Fundación para la Reconciliación. 

Era su apuesta para la restauración del tejido social. 

“Frente a la violencia y a sus causas, las Esperepermiten que las personas receptoras de violencia consoliden nuevos aprendizajes, de manejo de emociones y de restauración social, cultural y psíquica luego del caos de la ofensa, partiendo de la base de que la violencia desestructura las 3S: la seguridad —referida a la autoestima de la persona—; el significado de la vida —es decir, los principios y valores rectores del accionar cotidiano— y la sociabilidad —la disposición para establecer relaciones sociales armónicas—”, explica el portal de la fundación. 

La iniciativa fue reconocida en 2006 con el Premio Unesco de Educación para la paz. A 15 años de su creación, en lasEsperese han formado dos millones de personas y el modelo ha sido replicado o adaptado en 20 países. 

A Venezuela llegó de la mano del sacerdote keniano Josiah K´Okal, también misionero de La Consolata, quien desarrolla trabajos comunitarios en sectores remotos y desfavorecidos desde 1997, cuando vino por primera vez a esta tierra caribeña. Junto a un equipo se ha encargado de que se implementen las Espere en Caracas, la capital, así como en Barquisimeto (estado Lara) y Valencia (estado Carabobo), dos de las ciudades más importantes del país. Están intentando llevarlo a Barlovento, zona rural del estado Miranda donde se han producido ejecuciones extrajudiciales por parte de cuerpos de seguridad. 

En 11 años, 1200 venezolanos han vivido la experiencia, de los 201 fueron durante 2018. Muchos de los colaboradores han migrado y los talleres se han hecho apenas un par de veces al año. K´Okal, por ejemplo, está en Ecuador, estudiando una maestría en antropología y memoria. Pero va a volver. Él siempre vuelve. Quiere que esta propuesta impacte cada vez a más personas. Es lo que también subraya Yenny Rodríguez, secretaria de las Espere, quien ha trabajado desde el principio con K´Okal: “Hasta ahora la implementación ha sido sobre todo comunitaria. Poco a poco. Lentamente. Nuestra inquietud es cómo hacerlo sostenible, porque nos hace falta financiamiento”. 

En 11 años, 1.200 venezolanos han pasado por el programa, 201 de ellos durante 2018. (Créditos fotográficos: Erick Lezema)

En 11 años, 1.200 venezolanos han pasado por el programa, 201 de ellos durante 2018. (Créditos fotográficos: Erick Lezema)

Al sacerdote le entusiasman algunos proyectos que están por concretarse con varias universidades venezolanas. Pero su mayor deseo en este momento es llevar las Espereal terreno árido de la política. “Estar en lo micro, pero también en lo macro. No es que dejemos la experiencia con las comunidades, pero hace falta que en la esfera de la política,  los de un lado y los del otro trabajen heridas, el rencor, el resentimiento. Son los que llevan las riendas, quienes toman las decisiones que nos afectan a todos. El perdón no está reñido con la justicia, pero hemos descubierto que la amargura de quien siempre quiere vengarse, se convierte en sufrimiento. Shakespeare dijo que la ira es el veneno que uno toma pretendiendo que muera el otro”. 

Convencidos de eso, Yenny y el padre K´Okal han sido testigos de momentos memorables. 

El de dos hermanos quienes, al cerrar las sesiones de trabajo, se abrazaron después de años sin hablarse. 

El de un guerrillero que le pidió perdón a una madre por haber matado a su hijo. 

El de una chica iracunda a quien un policía le había matado a su papá, y que luego de la experiencia hasta un abrazo le dio al funcionario. 

Y por supuesto, el momento en que Rosa Orozco, la madre de Geraldine Moreno, perdonó. 

Sucedió en Higuerote, un pueblo playero a dos horas de Caracas, un día de 2017. Para llegar allí debieron toparse con varias alcabalas. Rosa se estremecía cada vez que veía a los militares en la vía. Le traían malos —muy malos— recuerdos. En el lugar de las reuniones, en las que trabajaban la reconciliación, había muchos funcionarios. Estaban custodiando la actividad. Al terminar las sesiones de trabajo, el sacerdote propuso regalarles una bolsa de caramelos para agradecerles el buen trato. Era una cortesía. O, quizás, una prueba. O, mejor, el broche de oro. 

— ¿Quién se la entrega?— preguntó. 

Hubo tensión. 

Silencio. 

Incomodidad. 

—Yo se la voy a entregar — dijo Rosa.

Y se levantó. Le dio los caramelos y un abrazo. 

—Todos estaban asombrados —recuerda—. Algunos lloraron. Fue un momento muy significativo. Porque me sentí liberada, liberada, liberada.  

Erick Lezema