Yo bailo la vida

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En Petare, uno de los barrios más grandes de Latinoamérica, situado al extremo este de Caracas, está por comenzar una clase de baile. Para romper el hielo, Gabriela Alonzo, la instructora, le hizo una pregunta al grupo de niños que habitan en esa comunidad:

 

–¿Qué quieren ser cuando sean grandes?

 

Algunos dijeron ingenieros, abogados, bomberos, policías, veterinarios. Hubo uno, el más rebelde, que contestó que no quería ser nada. Pero en la clase, ese niño fue el mejor: desbordó talento, gracia. Lo disfrutó. Semanas después, Gabriela organizó otra dinámica en la misma barriada. Cuando la vio, el pequeño corrió a abrazarla y, emocionado, le dijo:

 

–¡Cuando sea grande, quiero ser bailarín!

 

La anécdota funciona como una metáfora que explica el sentido de Yo bailo la vida, el proyecto que hace 4 años Gabriela creó como un programa de responsabilidad social de Zhorí, su academia de baile. “No sé si de verdad ese niño continuará en la danza. Pero es claro que hubo un cambio en él. La danza lo movió. Él descubrió que era bueno en algo. Se sintió motivado en un entorno de pobreza”.

 

Yo bailo la vida entiende la danza como un vehículo poderoso de transformación social. De allí que la meta sea visitar comunidades desfavorecidas y ofrecer clases de baile, dirigidas especialmente a los jóvenes. En esas dinámicas primero se habla de valores. Luego, se estira el cuerpo. Y después los participantes se sumergen en el mundo del ritmo y los movimientos: suena folklore, o salsa, o merengue, o flamenco.  Ensayan coreografías –una y otra vez, una y otra vez– y, cuando están listas, las presentan ante un público. Y reciben sus aplausos.

Pero a Gabriela se le ocurrió ir más allá. Con la misma metodología, estructuró un taller que dura hasta 3 meses. Funciona como una academia: los participantes asisten a clases tres veces por semana. Se trazan objetivos, se baila –se baila mucho– y, al finalizar la formación, se evalúa su cumplimiento y se realiza una presentación. Durante ese tiempo, desde luego que no faltan cápsulas formativas para bailar la vida.

“El arte es un puente que conecta. No pretendemos formar bailarines profesionales, sino sembrar una semilla. Que aprendan los valores de un bailarín: disciplina, entrega, constancia, confianza, esfuerzo; y que, aunque se dediquen a otras cosas,  puedan aplicarlos. Queremos que los jóvenes utilicen mejor el tiempo de ocio. Eso puede reducir la delincuencia. Es una apuesta optimista. El baile es un espejo de ti: es sencillo ver cómo evolucionas. Si no te sale un paso, debes repetir, repetir, repetir. Y cuando te sale, todos lo ven. La danza es la mejor forma que he conocido para apreciar el valor del esfuerzo y del trabajo”, explica Gabriela.

La actividad ha sido intensa. Los números así lo demuestran. Desde 2011, Yo bailo la vida ha desarrollado actividades –charlas, clases de bailes, conversatorios– en 37 comunidades de todos los municipios de Caracas, en las que han participado 3 mil 854 personas, la mayoría niños y jóvenes.

Erick Lezema