Pesebre del colegio San Agustín

IMG-1761.jpg

Es de noche. La casa donde se resguardan María y José está iluminada por una fogata flameante. Junto a ellos reposa el Niño Jesús. Un relámpago estalla en luces sobre el cielo oscuro y un trueno rompe el silencio. A lo lejos, sobre las montañas, se observan nubes de las que brotan gotas de lluvia. El agua cae sobre un rio que atraviesa el pesebre formando varias cascadas. Al fondo, el mar bravío y dos barquitos navegando en esa tempestad. Las palmeras se mecen levemente, como acariciadas por una brisa. Los pastores se mueven: uno martilla sobre una piedra, otro trabaja la arcilla. Y en medio de ellos, un ángel. En un minuto se hace de día –sale el sol, el cielo ahora es azul– y ese ángel ya no está: desaparece.

La escena casi mágica sucede dentro de una cueva misteriosa, mientras se escucha de fondo una banda sonora de aguinaldos y villancicos. “Tengo media hora acá y me provoca quedarme mucho más. Visitar este lugar es una maravillosa oportunidad de recordar la grandeza de Dios, y a la vez, su sencillez. Aquí parada, acabo de viajar a mi infancia, cuando hacia el nacimiento en la casa con mi mamá. Estoy por irme del país y algo en este lugar, no sé qué, me recordó las bellezas de mi país, de su gente”, dice Cristal ( quien es Cristal), de 29 años.

El pesebre –que no es cualquier pesebre– se encuentra en el interior del colegio San Agustín, en la urbanización El Paraíso, al suroeste de Caracas. A finales de 1999, en ese centro educativo católico surgió la idea de levantar un portal grande que abriera sus puertas cada diciembre, como un regalo a la comunidad. Y el encargado de llevarlo adelante sería Alexander Vieira.

La responsabilidad recayó sobre él no solo por ser sacerdote y químico de profesión, sino porque además desde su niñez ha sentido una fascinación por la confección de pesebres majestuosos.  “Es un don que tengo. A los 14 años, por ejemplo, lo armé en mi cuarto. Desocupé todo y construí una plataforma, como una tarima. Yo dormía debajo. Tardé un mes haciéndolo. Mi mamá, molesta, decía que estaba loco. Pero cuando terminé, entró a verlo y se puso a llorar” dijo Vieira.  

Por esas habilidades, pensaron que él sería el ideal para ejecutar la obra en el colegio San Agustín. Junto Nicanor Vivas, también sacerdote, y el arquitecto Oscar Prieto, se abocó a la tarea. En un área de la terraza del colegio, levantaron un salón donde estaría el nacimiento. Las figuras que utilizarían las compró Vieira en Barquisimeto, una ciudad del occidente del país. Para trasladarlas tuvo que hacer cinco viajes por carretera. “Las imágenes tenían que ser grandes, que no brillaran. Cuidamos las proporciones: las figuras humanas no podían ser más pequeñas que las de los animales”.

Durante cuatro meses, trabajaron en jornadas diarias de más de 12 horas. “Parábamos para bañarnos, dormir un poco y seguíamos”. Tal como él había hecho en su habitación a los 14 años, edificaron una suerte de tarima para que el nacimiento estuviera a la altura de la vista de los visitantes. “Así tendría profundidad, no se vería como un plano aéreo”.  Abajo, organizaron la maraña de cables y tubos, para que arriba se produjeran los efectos. Cuidaron la iluminación de la cueva: debía ser oscura para que se apreciaran los colores. El movimiento de las figuras lo lograron utilizando motores de lavadora, de microondas y de ventiladores. “Yo no tenía nada claro. Nunca hago una maqueta. Comienzo a armar todo y en el camino voy viendo. Pongo música navideña, y me dejo llevar”, explica el sacerdote Vieira.

El 1 de diciembre del 2000, después de una misa de aguinaldo – tradición venezolana que consiste en celebrar eucaristías a las 5:00 de la mañana durante los nueve días previos a la Navidad– el pesebre se inauguró. Y desde entonces cada año, luego de ser retocado, abre de nuevo las puertas a la comunidad.  

Vieira, de 44 años, construye al menos un nacimiento cada temporada. Claro, siempre de menores proporciones.  Este año acaba de terminar uno en la iglesia donde ahora es párroco. Mostrando sus manos todavía hinchadas, por el extenuante trabajo, dice: “A veces no lo quiero hacer, porque es mucha la dedicación, hay que tener paciencia. Son días, semanas, hasta meses. Pero suele pasar que cuando termino y veo todo, lloro”, agrega y muestra sus manos todavía hinchadas por el extenuante trabajo. “Lo importante es el mensaje que hay detrás: la humildad. Que la gente reflexione sobre lo que ahí representamos: que Dios, siendo Dios, no tenía donde nacer y finalmente vino al mundo rodeado de animales y de pastores. Dice mucho sobre las cosas que deben importar. Es un regalo a la comunidad”.


***

Nota al pie

Quien quiera puede asistir a contemplar la obra del colegio San Agustín. Estará abierto hasta el 2 febrero de 2018. El horario de visitas es de 8:00am a 12:00m y de 2:00pm a 4:00pm.  Pero si alguien llega fuera de esas horas, no hay problema: solo debe que decirles a los vigilantes que desea ver el pesebre y ellos, con gusto, lo encienden. Le abren la puerta. Desde luego que, como se trata de un regalo, es completamente gratis.


Epígrafes

||||| “Veo el ángel que aparece y desparece y me da escalofrío. Este lugar es misterioso. Venir es una experiencia de fe. Todos los años vengo con mi familia, ya es parte de las cosas que hacemos en Navidad. Pasamos horas contemplando esta maravilla”. Estefanía León, caraqueña.

||||| “Yo lloré la primera vez que vine, hace algunos años. Se me erizó la piel. Hay que quedarse mucho tiempo, apreciando cada detalle, cada movimiento. La lluvia, la música, el ángel, los barquitos que se mueven. Demasiado ingenio. Aunque tiene todas esas cosas, no desborda lujo, sino recogimiento. Uno se para aquí y reflexiona de muchas cosas”. Carmen Álvarez, caraqueña.

Erick Lezama