Pasión Petare

Pasión Petare c.jpg

Estamos en Petare. En medio de montañas que albergan a cientos de barriadas que, juntas, conforman este barrio descomunal, uno de los más grandes de Latinoamérica. Un perímetro carcomido por la violencia, las drogas, la inseguridad y la pobreza. Una zona roja dentro de una de las ciudades más peligrosas del mundo. Hay ruido, crujen las motos, se escuchan disparos. Pero aquí también se oyen otras cosas. A niños —y niñas y adolescentes— soltando, a todo pulmón, gritos de “¡gooooool!”. Son muchos, superan los 3 mil. Andan pateando el balón en canchas deportivas convertidas en Escuelas de Fútbol. Corren y sudan bajo el sol caribeño, aislados de la furia que los rodea. Esto lo hace posible la fundación Pasión Petare. Y esa es una buena noticia.

Este proyecto comenzó a germinar en 2011 con el apoyo de la Alcaldía del Municipio Sucre, del cual forma parte Petare. Y se apoyó en el trabajo que ya venían haciendo las comunidades. Líderes vecinales de muchas de esas barriadas, espontáneamente, llevaban tiempo jugando fútbol con los niños, haciendo ellos mismos el papel de entrenadores. Fijaban las prácticas cuando los pequeños salían del colegio. Querían evitar que les quedara tiempo de ocio: que los tentáculos de las bandas delictivas los alcanzaran. Funcionaban como escuelas de fútbol; pero no dejaban de ser esfuerzos aislados. Algunas más improvisadas que otras. De modo que la alcaldía, entonces bajo el mando de Carlos Ocariz, las convocó para presentarles una propuesta que agruparía, consolidaría y estructuraría esos pequeños esfuerzos.

Ocho de las escuelas comunitarias atendieron el llamado y comenzó la labor. Se acondicionaron canchas, se repartieron implementos  —180 balones, 100 conos, 160 minas, 40 aros, 96 taqueras y 8 baloneras—, y se organizaron a los entrenadores. Al principio se enfocaron en la formación, con la idea de que los pequeños se convirtieran en una suerte de semillero del Deportivo Petare, equipo de primera división del fútbol local. Pasaron dos años. Muchos minutos de juegos, de convivencia. Lo suficiente para palpar las urgencias reales del barrio y entender que el norte tenía que ser otro: un programa de asistencia social que usara el fútbol como vehículo. Entonces la iniciativa se convirtió en una asociación independiente del cabildo y nació, formalmente, Pasión Petare.

“Aquí las necesidades son muy complejas; van más allá de lo meramente deportivo. Tenemos que estar pendiente de qué necesita el chamo. Nos dimos cuenta, por ejemplo, que teníamos que darle zapatos, porque no tenían. Aparte, hacemos jornadas médicas, les damos capacitación a los entrenadores, organizamos planes vacacionales, dictamos talleres para los padres, entre otras actividades”, explica Sonia Pérez, gerente general de la Fundación.

Hoy, Pasión Petare se ha consolidado como una gran red integrada por 24 escuelas.  En conjunto, programan torneos como una manera de incentivar la calidad. Para lograrlo, cuentan con el apoyo de organizaciones públicas, como la Alcaldía de Sucre, pero también con instancias privadas, como Plumrose, el Banco de Desarrollo de Latinoamérica, entre otras.

Andrés Parra se formó como coaching deportivo en un diplomado impartido por la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA, por sus siglas en inglés). Por eso está a cargo de la gerencia deportiva de la fundación. Supervisa cada una de las escuelas, que ahora están registradas como asociaciones civiles. “Solemos ir dos veces por semanas a verificar que todo marche bien: que los niños y los entrenadores estén asistiendo, que usen los implementos que constantemente les estamos entregando”.

Tanto él, como el resto del equipo multidisciplinario de Pasión Petare —conformado por comunicadores sociales, deportistas y psicólogos— reconoce que el ruido fuera de las canchas a veces pesa mucho. Que el entusiasmo, en medio de la volátil crisis que atraviesa Venezuela, puede estrellarse con un muro de desesperanza, apatía y hambre. En 2016, por ejemplo , Parra se percató de que cada vez iban menos jóvenes a jugar. Unos, porque se habían ido del país; pero muchos otros porque no comían. Algunos padres alegaban que por el gasto calórico que implican los entrenamientos, volvían hambrientos. Y en casa no había nada que darles.

Así fue que Pasión Petare se propuso abrir comedores para los niños. Después de buscar financiamiento, inauguraron el primero. Está en Villa Esperanza, una de las zonas más desfavorecidas, y atiende a 150 niños de la escuela que allí funciona. Gente de la comunidad se organizó para encargarse de la preparación de los alimentos. Se los dan al finalizar, para que regresen saciados. Ahora, la fundación está por concretar un segundo comedor, que proveerá a los 160 pequeños de la escuela de Mesuca, otro sector vulnerable. Y esperan hallar más recursos para mantener muchos otros.

“Ojalá no tuviéramos que abrir comedores y dedicarnos solo al fútbol. Pero si eso es lo que hay que hacer para que ellos jueguen, pues lo hacemos. Cada vez nos debemos abocar a resolver necesidades más elementales”, explica Pérez. “En medio de la crisis, el balance es exitoso. Hemos tenido la capacidad de detectar las necesidades de la comunidad y hacerle reingeniería al proyecto cuando ha sido necesario”, reflexiona.

El equipo insiste que sí vale pena. No solo por los números — 3 mil 378 niños; 4 millones 652 mil, 640 minutos de juego; 33 copas y torneos;  22 mil 641 mil minutos de formación a entrenadores —, sino por las historias que se encuentran en esas estadísticas. Historias como la de Meyber Soler.  

Todos la citan. Queda claro que para ellos es motivo de orgullo. La joven vive en Villa Esperanza, tiene 17 años y extraordinarias condiciones para el fútbol. Pero comenzó a alejarse de las canchas. “Tenía muchos problemas familiares y sociales que preferimos no ventilar. Lo cierto es que no estudiaba. Nos dimos cuenta y no podíamos permitir que tanto potencial se perdiera. La buscamos; todo nuestro equipo la abordó. Le hicimos un enlace con el Metropolitano Fútbol Club, equipo de primera división. Allí evaluaron su desempeño en el campo y de inmediato la aceptaron. Logramos que además la becaran en la Universidad Santa María, para que estudiara Comunicación Social, la carrera que ella quería. Es maravilloso”, refiere Parra.  

Saben que ese es un caso excepcional. Que no todos terminan así. Pero Pérez admite que no importa. “Si salen deportistas, nos alegra; pero nosotros nos damos por pagados si en las canchas aprenden a ser buenos ciudadanos. Eso es todo”.



|Redes sociales:

Tw:@PasionPetare; Facebook: Pasión Petare;  Instagram: Pasionpetare

|Página Web:

http://www.pasionpetare.org/

|Video:

https://www.youtube.com/watch?v=HwL51QKUEdM (Cortesía Pasión Petare)



Erick Lezama