Mi juguete es canción

Andrea Paola Márquez era una niña cuando se enamoró de la música. Nació y creció en el estado Vargas, situado en la costa venezolana, frente al Mar Caribe. Tenía 6 o 7 años y estudiaba en una escuela en la cual la enseñanza de la música tradicional venezolana era primordial. Aprendía a diferenciar los géneros musicales de todas las regiones. Los cantaba, escuchaba la voz de grandes referencias como Cecilia Todd, Gualberto Ibarreto, o las agrupaciones Voces Risueñas de Carayaca y Serenata Guayanesa.  Así sonó su infancia. Y así ha seguido sonando su vida: se mudó a San Antonio de los Altos –en el estado Miranda, a una hora de Caracas–, y ahora, a sus 28 años, continúa dedicándose a la música.

 

Le inquietaba que las nuevas generaciones no se interesaran por esos sonidos que siempre la han acompañado. Sabía que los niños no los conocen porque no los transmiten en la radio; y no se los enseñan ni en las escuelas ni en las familias. Ella y su esposo, el mandolinista Jorge Torres, sintieron que tenían que hacer algo. “Nos alarmaba la influencia del reguetón por un lado; y por otro, nos sorprendía lo bien que cala nuestra música cuando estamos pequeños”, recuerda Andrea Paola.

 

Un día estaban de paseo y conocieron el trabajo de una artesana que convertía dibujos de los niños en muñecos de trapo. Como una epifanía, les estalló en la mente una lluvia de ideas brillantes. Que icónicos personajes de la cultura venezolana –Gualberto Ibarreto, Aquiles Báez, Simón Díaz, Conny Méndez, Aquiles Nazoa– fueran confeccionados como muñecos de trapo. Que los niños jugaran con ellos. Que así aprendieran su música. Y que, con ese concepto, se hiciera un concierto.

 

Entonces convocó a un grupo de 7 pequeños y organizó la presentación. Tenían entre 3 y 8 y eran hijos o sobrinos de personas que se dedican a la música. “Los músicos que tienen niños sueñan con darle otra opción a sus hijos, alguna alternativa a todo el bombardeo musical externo”. Y como lo imaginó, interpretaron ese repertorio que estaba ya en desuso, mientras jugaban con los muñecos.

 

Eso ocurrió en noviembre de 2015. Tan celebrada fue la actividad que se repitió otras veces. Luego lo convirtieron en un proyecto artístico y formativo que involucra danza, canto, actuación. Hasta septiembre de 2017, son 17 niños –entre 5 y 11 años– quienes conforman el grupo. Ensayan, ensayan, ensayan. Son muchas horas de ensayo en las que además aprenden disciplina, respeto, compañerismo. En escena, mientras son acompañados por músicos de alto calibre que dirige Jorge Torres, se nota la dedicación. Pero, sobre todo, queda en evidencia que los protagonistas lo disfrutan. El performance es alucinante.

 

“Ellos presentan la música y el legado de estos personajes; además, lo hacen a través de los muñecos. Nos dejan la ilusión de que en lugar de tener un Spiderman, tienen un Simón Díaz o una Cecilia Todd, y les encanta. Esto ha sido efectivo, hemos tenido respuesta del público”,  señala Torres.

El éxito podría radicar en la estrategia lúdica. “Es más fácil llegar al público infantil desde el juego. Ha sido un proyecto que, sin darnos cuenta, ha ido interesándole a muchas generaciones: a los adultos porque se enternecen con lo que hacen los niños, y a los propios niños porque lo disfrutan. Por eso decimos que es un espectáculo apto para personas de cero a 100 años”, explica Andrea.

Y ya ha trascendido. Porque a Andrea Paola y a Jorge, orgullosos del sonido que iban logrando,  decidieron grabar un disco. Una producción de niños, hecha por niños, para los niños. Y a mediados de 2016, se internaron en un estudio de grabación.

“No tenía recursos, pero no me importó y así comenzamos a grabar”. De a poco, fue consiguiendo patrocinios que les permitieron completar el material. En septiembre de 2017 lo bautizaron en un espectáculo en el que los niños se lucieron. Es un disco fuera de serie. Está empacado en una cajita colorida decorada con dibujos digitalizados que los propios pequeños hicieron. Y ni hablar del sonido: impecable.

Erick Lezama