Panabus

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Alguna vez fue, simplemente, un bus. Pero ahora es una casa rodante. Tiene un baño con su ducha, inodoro y lavamanos; un espacio habilitado para peluquería, más un pequeño comedor y una camilla. Todos los días sale a recorrer las calles de Caracas con varios voluntarios y especialistas a bordo, para invitar a subir a los indigentes que encuentren a su paso. Quienes aceptan, reciben atención médica, se duchan, se cepillan los dientes, se ponen ropa limpia, les cortan el pelo y se sientan a comer comida caliente.

Se llama Panabuspana, como en Venezuela se les dice a los amigos–.  Es miércoles, 10 de enero, son las 10:30am y el vehículo acaba de atravesar la Cota Mil, una vía expresa que atraviesa la ciudad de este a oeste bordeando el cerro el Ávila.  

– “¡Mira, ahí hay uno, detente!” –  le dice María Eugenia Goncalves, la coordinadora, al conductor.  

Señala hacia un matorral a la orilla de la carretera, donde hay un hombre recostado en un colchón. El chofer se estaciona en el hombrillo y el equipo del Panabus se baja para abordarlo. Con María Eugenia, va una doctora. Y delante de ellas, dos mediadores de calle: son personas que durante años fueron mendigos, consumieron drogas, robaron, pero se rehabilitaron y ahora colaboran con esta iniciativa. “Uno habla el mismo lenguaje que ellos, sé cómo llegarles porque pasé por lo mismo. Me gano su confianza hablándole de tú a tú. Y me da nostalgia, porque recuerdo cuando yo estaba así”, explica Sergio Hernández.

–Épale, hermano. Buen día, ¿cómo está la cosa? – le dice Sergio.

El hombre recostado en el colchón de inmediato se levanta.

–Venimos a entregarte esta comida. ¿Cómo te llamas?

–Gustavo.

Gustavo recibe el envase. Se muestra escéptico: la mirada perdida, hace una media sonrisa. Intercambia algunas palabras. Son casi susurros. Una conversación íntima. Los demás se mantienen a raya, como respetando ese momento. Sergio le dice que él también durmió en la calle, que sólo quiere ayudarlo, que sabe que es duro. Gustavo –sorprendido, quizás algo confundido– balbucea algunas respuestas: dice que sí, que gracias, que está bien. Y sonríe.

Entonces interviene María Eugenia.

–Gustavo, este es el Panabus. Con nosotros está una doctora, ¿tú quieres subir para que ella te revise? ¿Te duele algo? ¿tienes alguna herida?

–No, gracias.

Vuelve a sonreír.

Después de insistirle a Gustavo, la ruta del día continúa hacia San Martín, un sector en el suroeste caraqueño, donde otras seis personas en la calle recibirán atención.  


El Panabus comenzó a rodar en noviembre de 2017, pero deviene de un proyecto social con 11 años de historia.

Era diciembre de 2006, cuando a la familia De veer se le ocurrió hacer un evento de recolección de insumos para personas desfavorecidas. Lo llamaron “Santa en las calles”. Recabaron ropa, alimentos y medicinas. Ese mismo día fueron a entregar todo lo obtenido a mendigos que estaban en las calles. Decidieron repetirlo cada diciembre y así lo han hecho desde entonces. Se constituyó como una fundación y la actividad se ha replicado en otras ciudades venezolanas, así como también en Perú, Aruba, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Guatemala, Inglaterra y México.

Venezuela se tambalea en una atroz hiperinflación que ha empobrecido a buena parte de la población. Las precarias condiciones de vida de quienes menos tienen se han agudizado.  Por eso, los De veer sintieron que el trabajo de la fundación no debía limitarse a la tradicional actividad decembrina. Así fue como Carlos De veer, uno de ellos, ideó esa suerte de módulo asistencial itinerante, para poner a disposición de indigentes servicios básicos y atención médica.

Luego de transformar radicalmente una camioneta tipo Encava, el Panabus hizo su primera ruta el 18 de noviembre de 2017. “El objetivo es realzar la dignidad de las personas atendidas y promover su reinserción a la sociedad, a través de programas de rehabilitación”, explica Carlos. Para ello tienen una alianza con el Núcleo Endógeno Simón Bolívar –un centro para personas que quieren dejar atrás la vida en las calles– a donde llevan a quienes en esos recorridos manifiestan su deseo de cambiar su realidad.

Los colaboradores aprovechan para indagar en las historias personales de cada uno. Sin prejuicios, les preguntan por qué están en la calle. “Les damos una hoja de ruta, les insistimos en que es posible. Lo hacemos respetuosamente. Sabemos que puede ser difícil tomar la decisión de salir de las calles, pues muchos están sumidos en las adicciones. Esperamos tener más alianzas con instituciones a las cuales podemos llevarlos, porque hasta ahora sólo tenemos una”, agrega María Eugenia.  

La iniciativa se sustenta con donaciones de personas anónimas, así como empresas dentro y fuera del país. Con esa ayuda, el Panabus atiende a un máximo de siete personas por día, pero esperan concretar nuevas contribuciones para que cada vez sean más.

A finales de diciembre de 2017, cuando tenía poco más de un mes rodando, se dañó el sistema eléctrico que permitía que el baño funcionara. El percance ha mantenido limitado los servicios de peluquería y de aseo, pero no ha detenido al Panabus. “Están por repararlo muy pronto. Es una lástima que no tengamos ahorita todos los servicios, pero mientras preferimos continuar, aunque sea entregando las comidas, sabemos que lo necesitan”, sostiene Sergio.

En tres meses, 150 personas se han subido a la casa rondante. Y lo dicen con orgullo. Pero el mayor logro no es esa cifra. La satisfacción más grande es que entre esos casos está el de una familia que, gracias a su intervención de la fundación, salió de las calles.  Alejandra y Rubén vivían como pareja alquilados en una habitación. Ella estaba embarazada y, cuando dio a luz, los desalojaron. No tenían cómo pagar la renta porque Rubén, electricista de profesión, había quedado desempleado. Con el bebé de 21 días de nacido, dormían sobre cartones extendidos en el asfalto, cerca de una vía del este de Caracas.

Desde el Panabus los vieron. Los abordaron y ellos de inmediato aceptaron la ayuda. Comentaron que no querían vivir más así y explicaron su situación. Entonces se abocaron a ayudarlos: les hicieron el enlace con el Núcleo Endógeno Simón Bolívar, donde los recibieron. Le dieron trabajo a Rubén. Y allí todavía están, juntos como familia, bajo el mismo techo.  


Epígrafe

Yo sé lo que ellos viven. Consumí todo tipo de drogas, robé. Estuve muchísimos años así, deambulando sin un rumbo. Pero aprendí que cuando se trata de los caminos malos, todo tiene su final. Que si uno puede despertar y ver el sol, es porque estamos vivos y podemos cambiar. Colaboro con el Panabus por amor al prójimo. En la calle se sufre mucho. Yo les pido a las personas que cuando vean a alguien en la calle, no los maltraten. Recuerden que son seres humanos y merecen respeto”. Sergio, 45 años. Mediador de calle del Panabus.


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Erick Lezema