Laboratoria Ciudadano de Noviolencia

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Mayo de 2017. Caracas era un territorio feroz. La ciudad se estremecía en marchas, marchas, marchas: ciudadanos volcados en las calles protestando contra el Gobierno. Los cuerpos de seguridad del Estado esparcían sobre masas compactas de gente nubes pútridas y picantes de gas lacrimógeno. También lanzaban perdigones. Muchos jóvenes impetuosos se organizaban y formaban grupos que eran conocidos como “la resistencia”: armados con escudos de cartón, le hacían frente a la represión, arrojándole a los funcionarios piedras y cocteles explosivos preparados artesanalmente. Las escenas registradas todos los días eran de combates enardecidos que dejaban heridos, heridos, heridos; y muertos: sobre todo, muertos.

Ángel Zambrano, comunicador social, asistía con frecuencia a las protestas; pero estaba convencido de que así no debía ser. Que la violencia era una vía, no sólo incorrecta, sino poco efectiva. Se preocupó aún más cuando en una de esas turbas vio a manifestantes lanzando frascos llenos de excremento a los funcionarios. Mientras huía, pensando que había que canalizar tamaña creatividad, se encontró a José “Cheo” Carvajal, un viejo compañero de trabajo, especialista en urbanismo y espacio público. Conversaron. Ambos tenían la misma inquietud. Había que hacer algo.

– Esto se va a salir de las manos – dijo Cheo–. No podemos seguir así, ¿a dónde vamos a parar? Voy a dar un taller de protesta noviolenta. A ver qué sale.

Días después, en la muy conocida librería caraqueña Lugar Común, a escasos metros de la Plaza Altamira –uno de los epicentros de la convulsión de aquellos días–, la actividad se llevó a cabo. No cabía la gente sentada ni de pie. Algunos se quedaron afuera y tuvieron que sacar cornetas para que pudieran escuchar. Hubo intervenciones. Surgieron ideas. Había entusiasmo: no eran pocos quienes querían formas alternativas de expresar su descontento. Así que Ángel y Cheo apuntaron las direcciones de correo electrónico de quienes asistieron y fijaron, allí mismo, más reuniones. A partir de entonces, cada jueves –mientras afuera continuaban las marchas, el fragor de las detonaciones, los muertos– ellos se reunían, rodeados de libros, para reflexionar y articular otras maneras de manifestar. Era una apuesta por la civilidad. Y decidieron ponerle un nombre a la iniciativa: Laboratorio Ciudadano de Protesta Noviolenta.

Lo llamaron así porque ciertamente la dinámica que se generó era la de un laboratorio: en aquellos encuentros, esbozaban propuestas, las ponían en práctica y luego volvían a las mesas de trabajo para analizar los resultados, hacer modificaciones pertinentes e implementarlas de nuevo.  Se plantearon ir más allá de la coyuntura. “Hay que bajarle dos a la violencia y subirle cuatro a la intensidad con estrategias sostenidas a largo plazo, porque la idea no es sólo cambiar de gobierno, sino fortalecer la cultura democrática. No es darse primero las trompadas y luego construir cultura democrática; sino que, incluso asumiendo que hay mucha rabia, canalizarla en favor de un proyecto colectivo”, explicaba Cheo.

Así surgieron y se potenciaron apuestas creativas y prácticas como: el BusTV –un noticiero en vivo sobre los autobuses para combatir la desinformación–;  Billete Alzao –una pancarta con 3 mil billetes de 2 bolívares, lo equivalente en ese entonces a 1 dólar, para llamar la atención sobre la devaluación de la moneda local-; Venezuela se levanta – recopilación de historias de personas que no se rindieron ante situaciones difíciles–; Piloneras –mujeres cantando en las calles melodías tradicionales venezolanas con un giro de protesta– y Dale Letra – ciudadanos alzando letras para formar frases críticas, provocadoras–.

Las turbulentas protestas en Venezuela se extinguieron en agosto de 2017. Pero el laboratorio se ha mantenido. Cambió de nombre. Ahora se llama Laboratorio Ciudadano de Noviolencia Activa. “Nos fuimos dando cuenta que nuestra labor tenía que trascender más allá de la protesta en sí misma. La noviolencia es una alternativa ante un régimen autoritario”, sostiene Ángel. La organización no tiene sede fija, sino que funciona de forma itinerante en espacios abiertos de la ciudad: una universidad, un parque, una biblioteca. A veces, en alguna oficina prestada. “Esto requiere mucho esfuerzo. Son horas y horas de trabajo; horas y horas de pensar. Y no tenemos remuneración, lo cual complica un poco las cosas por la crisis que todos estamos viviendo”.

Aun así, unas 15 personas se encuentran cada semana con el mismo objetivo inicial. Son menos de las que iban cuando todo comenzó. Muchos debieron retomar sus vidas cotidianas –el trabajo, los estudios– cuando la calle volvió al ritmo de siempre. Pero quienes se mantienen en el Laboratorio insisten en que hay que continuar, porque el país –arropado por una demoledora hiperinflación, por una compleja situación institucional y por una abrumadora crisis social– lo requiere.

Para alegría del grupo, el trabajo del laboratorio se ha visto reconocido. Dos de ellos acaban de hallar una oportunidad seria para profundizar en los planteamientos que vienen desarrollando. Ángel y Seymar Liscano fueron seleccionados, entre más de 200 personas de distintas partes del mundo, para cursar un programa de noviolencia estratégica y organización ciudadana. Tendrá lugar en Quito, Ecuador, a mediados de febrero. Durará una semana y lo organiza la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, la Pontifica Universidad Católica de Ecuador; el Centro de Mediación, Paz y Resolución de Conflictos y el Centro Internacional para el Conflicto No Violento.

“Siempre hemos estado formándonos a través de programas online, con materiales que vienen de Estados Unidos y Europa; pero esta es una oportunidad para conocer en persona a otros activistas de la región, intercambiar experiencias latinas, saber en qué problemas están trabajando y cómo los han abordado. Para nosotros todo esto es muy nuevo, pero hay gente que tiene mucho tiempo trabajando esto, por lo que ir nos ayudará a afinar el trabajo del laboratorio”, dice Ángel.

Se refiere a una labor sostenida en un argumento robusto: que la transformación social sea fraguada desde una ciudadanía activa y pacífica. “Es nuestra teoría de cambio, que la ciudadanía se organice distribuida en una red que no responda a una directriz de ningún grupo, de ningún liderazgo, sino que sea horizontal. No se trata de un cambio de gobierno nada más; sino que la democracia se haga sostenible. Y eso pasa por el hecho de que la sociedad esté articulada, que sea un tejido social, muy vivo y sólido”.

En estos momentos, esa idea suena –y es – esperanzadora.

Epígrafe:

Para que Seymar Liscano y Ángel Zambrano puedan ir al programa de noviolencia estratégica y organización ciudadana en Ecuador, el laboratorio está impulsado una campaña de recolección de fondos, para cubrir la inscripción, el traslado y la estadía en Quito. Son gastos que la organización, que es sin fines de lucro, no tiene forma de costear. Quien desee contribuir, puede hacerlo a través del enlace:

https://www.generosity.com/education-fundraising/queremos-aprender-mas-sobre-organizacion-ciudadana

El Laboratorio Ciudadano de No Protesta ha estado recaudando fondos para viajar a Quito, Ecuador para atender a un programa de no-violencia estratégica y organización ciudadana.

Erick Lezema